Herger

Voy a relatar mi historia en unas cuantas líneas.

 

No recuerdo dónde ni cuando nací, ni quienes eran mis padres. Pasé la infancia criado en la ciudad de [DARESSE], primero por un déspota borracho llamado [WOLFGARD] que no era mi padre y que un buen día me expulsó de su casa, después de una de sus continuas borracheras, después como mozo de cuadras en la posada de [DORACK], hasta que un día hubo una discusión por una de mis compañeras y un mago hizo arder toda la posada. Desde entonces vagué por las calles de la ciudad de [ARN], ganándome la vida pidiendo por las calles y, por qué no decirlo, realizando algún que otro hurto esporádico. En una de mis delictivas acciones, prendí fuego a uno de los graneros más importantes del pueblo, y a pesar de que tal tipo de acciones son normalmente castigadas con la muerte, el rey [JILDEBRAND], señor del reino de [FARISS] se mostró clemente conmigo y me condenó a destierro durante diez años, momento en el cual se decidiría si debía ser ajusticiado.

HergerMe llevaron a una iglesia dedicada al todopoderoso Frey, el Resplandeciente, señor de la agricultura y los elfos. Con los clérigos aprendí la importancia de trabajar duro, desde que salía hasta que se ponía el sol. Ellos también me enseñaron el valor de la lectura y el diálogo, la importancia de que no solo la fuerza bruta soluciona los problemas, sino que a veces hay que discutir con palabras para llegar a un acuerdo. La iglesia era visitada también frecuentemente por elfos y enanos. Los elfos venían principalmente a realizar ofrendas a Frey o bien de paso para comerciar telas y otros productos. Los enanos también estaban de paso para comerciar con sus herramientas de calidad. De estas idas y venidas aprendí a hablar sus idiomas y que el mundo no era sólo el reino de [FARISS], sino que se extendía más allá de sus límites y que había cosas maravillosas que visitar o ver.
En el pueblo de [TARMIT], cercano a la iglesia, hice amistad con multitud de aldeanos, a los que ayudábamos a recolectar las cosechas y construir las casas, pero sobre todo hice amistad con [SVEN SORENSEN], quien a cambio de ayudarle con todas las tareas de su finca me enseñó el uso de las armas y el oficio de carpintero. Trabajábamos duro en los campos, reparando y construyendo edificios y otros objetos de madera, luego pasábamos tardes y tardes practicando con las armas, y los clérigos estaban tan contentos con mi actitud que me permitieron ir a vivir con [SVEN].

Fueron los mejores años de mi vida, pero todo tiene un final. Mi destierro acabó y fuí obligado a rendir cuentas ante el mismo consejo que me había juzgado diez años antes. Allí tuve que demostrar que mi actitud había cambiado, y que era capaz de valerme por mi mismo. Fuí absuelto y decidí volver a lo que se había convertido mi casa, a la villa de [TARMIT].

HergerLa escena que vi al regresar al poblado fué desastrosa, estaba todo asolado. Los restos de los guerreros del pueblo yacían esparcidos por todas partes, la mayoría de ellos empalados. Las mujeres habían sido forzadas y posteriormente degolladas. Los niños y ancianos habían sido colgados por los pies y posteriormente quemados. Los animales se los habían llevado o bien destripados para que los lobos acabarán con los restos desperdigados. Por lo visto un grupo de hombres armados habían decidido reabastecerse de alimentos en la aldea, y los campesinos no estuvieron dispuestos a entregar el fruto de su trabajo a esos hombres. Fué realmente una carnicería. No encontré el cuerpo de [SVEN] hasta que rebusqué debajo de un grupo de 15 hombres, que habían caído antes que mi mentor fuera abatido. En su mano izquierda agarraba un [COLGANTE DE PLATA] con la forma de un [GRIFO POSADO LLEVANDO EN SU PICO UN TREBOL DE CINCO HOJAS]. Quemé a todos los habitantes del pueblo y juré que mi alma no descansaría hasta que vengara la muerte de mis amigos.

Me equipé con el arma preferida de [SVEN], un espadón, y con diversos objetos que encontré entre los restos y partí hacia la ciudad de Humlet, donde esperaba encontrar algún tipo de indicio o pista que me llevara a encontrar a aquellos a los que persigo.

[Cuando llegué a Humlet comencé a hacer pesquisas sobre estos hombres, preguntando en varias de las tabernas de la ciudad por el [COLGANTE DE PLATA]. Me dijeron que preguntara a [FRENTICK], el dueño de la [JARRA HUMEANTE], pues había recorrido mundo en su juventud. [FRENTICK] no sabía nada del [COLGANTE DE PLATA], así que salí de su establecimiento y fui atacado en uno de los callejones por unos asaltantes por la espalda. Lo último que recuerdo de aquella noche fue un [HUMANO] de [PELO ROJO] con [UNA CICATRIZ QUE LE CRUZABA LA CARA]].

Desperté en una habitación mugrienta y mohosa, encadenado por manos y cuello. Intenté desesperadamente librarme de las cadenas y al no conseguirlo maldije a aquel que me había encarcelado. Por lo visto no era el único en las proximidades, pues varias voces más se unieron a mis gritos. Instantes después entró un humano seboso por la única puerta de entrada a la habitación, y no dudé un segundo en enzarzarme en combate con él con lo único de lo que disponía, mis piernas. Conseguí impactarle pero recibí un golpe suyo en contrapartida. Posteriormente logré apresarle entre mis piernas. Mientras luchaba, un semielfo llamado Amedio dejó inconsciente a mi contrincante y me liberó de las cadenas que me aprisionaban. Me presenté y le di las gracias, y corrí raudo a escapar de aquella prisión. Me detuve en una puerta, pues alguien venía por el pasillo tras ella. Cuando se abrió la puerta me enfrenté desarmado a un guardia armado con una espada. Tras recibir varias heridas con su arma, y con la ayuda de otros presos liberados por Amedio, conseguí arrebatarle la espada al guardia e inflingirle una herida mortal. Varios nos habíamos liberado de la prisión, el semielfo Amedio, un conjurador semielfo llamado Heimdall, una conjuradora elfa llamada Nieladdassar y una elfa llamada Mystara. Dediqué unos instantes a ver el lugar donde me hallaba y resultaba ser una especia de mazmorra, a la que le faltaba un muro pues un gran virote de ballesta había atravesado uno. Mis compañeros de celdas salieron de la habitación y registraron a los caídos, mientras yo probaba de equiparme con las armas y armaduras del carcelero que había matado, pues sabía que seguramente habrían más. De repente, de la habitación contigua a donde me hallaba, llegaron gritos de que se acercaban más guardias, así que me equipé lo mejor que pude con las armas que yacían a mis pies (una espada larga y un escudo grande de acero) y salí para hacer frente a los agresores. No vi a ninguna persona armada pero por lo visto se disponían a entrar a través de una de las puertas de esa habitación. Me dispuse en la entrada para que el primer enemigo que asomara la cabeza recibiera mi impacto. Se abrió la puerta y dos guardias aparecieron. Nada más cruzar la puerta acabé con el primer guardia, mientras que Amedio, que había logrado equiparse con otra espada, se deshacía del segundo. En ese momento nos llegó el grito de Mystara desde otra de las puertas de la habitación, gritando que se acercaban un par de minotauros. Salieron corriendo en pos de una salida, mientras que yo llevaba arrastrando el cuerpo de uno de los guardias para equiparme en cuanto tuviera ocasión, y dejando un rastro de sangre. Atravesando una de las puertas logramos encontrar el almacén donde se guardaban nuestras pertenencias, mientras que en el exterior podíamos escuchar el ruido de los minotauros destrozando las habitaciones que habíamos ocupado momentos antes y el grito agónico de seguramente otros presos que no habían tenido nuestra suerte. Cogimos nuestras pertenencias y salimos por otra de las salidas de la habitación, la cual daba a una sala con una rampa y una gran compuerta cerrada para salir de ella. Mystara se las ingenió para encontrar un mecanismo en una de las paredes que abría la compuerta y la cruzamos todos, pues los minotauros habían entrado ya en el almacén de al lado. Amedio se encargó de destrozar el mecanismo de la puerta para evitar que los minotauros nos alcanzaran.

Una vez al otro lado de la puerta, Nieladdasar realizó un conjuro para curar las heridas que había recibido en los combates y me equipé con los objetos del guardia que había llevado arrastrando todo el camino. Disponía para equiparme de una espada larga de muy buena manufactura, un escudo grande de acero y una cota de mallas y placas.

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