Haindall Earthcry
Después, de una noche que nunca olvidarían, él se fue, y ella nunca volvió a verlo. Cuando la dama elfa estuvo demasiado lejos para poder distinguirlo, el extendió sus doradas alas, recuperó su verdadero aspecto, y partió para nunca más volver. Fruto de esa inolvidable noche nacería un pequeño elfo, que quizás nunca llegaría a saber que una pequeña parte de sí mismo era herencia de una de las criaturas más poderosas que habitarían el mundo: un dragón dorado. Ésta minúscula herencia seguramente se perdería con el tiempo, o quizás no…
Yo nací hará cerca de unos 18 años, fruto de la unión de un alto elfo, que lo abandonó todo por mi madre, una preciosa humana de quien se enamoró, en una pequeña aldea bastante apartada del mundo. Prácticamente todos sus habitantes se dedicaban su vida al campo, excepto el herrero y tres pastores de ovejas y vacas. La localidad estaría habitada por unos 35 campesinos, pero eso no parecía importar. Vivíamos en paz y armonía, que no lograban enturbiar los pocos visitantes del exterior.
Así era mi vida hasta que tuve unos cinco años, ya bien avanzados. Durante esa época, el tiempo cambió de repente: era un tiempo extraño, una densa nube de un tono verdoso cubría una zona de varias millas de radio, y lo peor de todo, el clima cambiaba aleatoriamente. Así, las cosechas no tardaron en perecer totalmente, y una extrema miseria asoló el valle. Con ella llegaron las pestes y otras enfermedades aun peores hasta que al cabo de un mes del inicio de estos cambios, una veintena de muertos vivientes arrasó el pueblo. De mi aldea no sobrevivió nadie, salvo yo, la curandera del pueblo, y el pastor, aunque sin nada que llevar a pastar. Yo había acompañado al pastor al monte, y nos encontramos el pueblo destruido a nuestro regreso, y encontramos a la curandera en el sótano oculto de su vivienda. El resto, estaban todos muertos: papá, mamá, mis dos hermanas y mi pequeño hermano, que aun no había alcanzado los cinco meses de edad.
Entonces, emprendimos los tres juntos un viaje hacia una ciudad próxima, pero por desgracia en cuanto llegamos vimos que estaba incluso peor que nuestra aldea. Pilas de cadáveres contra los muros, y los pocos que hubieran sobrevivido estaba claro que habían abandonado el lugar. Vagamos sin rumbo durante varias jornadas, y la falsa hechicera me había tomado por su mulo de carga: a parte de obligarme a llevar todos sus enseres, potingues y demás, no paraba de regañarme si daba un traspiés, o algo resbalaba de mis manos y caía. El hombre intentaba ayudarme, pero ella no lo permitía. Decía que debía empezar a comportarme como un hombre de provecho y no se cuantas pamplinas más. Un día ya no pude soportarlo y, debido a la ira y el odio hacia todo, acumulados por todo lo que había acontecido, algo en mí se desató. De repente, tras notar como mi cuerpo aumentaba de temperatura, un árbol cercano se prendió y cayó sobre el pobre pastor, que no tenía culpa alguna sobre mis desgracias. Mientras caía de rodillas, arrepentido y suplicando perdón a los dioses por lo que había hecho, la vieja bruja agarro una rama cercana y me dejó inconsciente de un certero golpe en la nuca.
Allí me dejo, en medio de un frondoso bosque para que la primera bestia que pasara me devorara sin piedad. Hay que decir que por poco lo consigue, ya que me desperté justo a tiempo para, aunque aturdido, llegar a esconderme detrás de unos matorrales cercanos. Un monstruo, de dos veces mi tamaño, que se asemejaba a una araña, paso corriendo por el camino y se adentró en la maleza del lado opuesto. Seguí el camino, y estuve vagando por el durante días, alimentándome de pequeñas presas que conseguía distinguir gracias a mi ascendencia élfica. Fui de aquí para allá durante unos tres o cuatro años, siempre sin saber al siguiente lugar al que me dirigía, pero como si de algún modo algo me llamara desde algún lugar remoto. Así, al cabo de unos cuatro años de conocer mundo, llegué a lo que parecía un impenetrable pantano, y nada más llegar y contemplar que no parecía conducir a nada ni nadie, me desmoroné y me desplomé, debido al agotamiento de los últimos días, en los que apenas había probado bocado.
Cuando desperté, estaba en un lecho en una cámara muy oscura. Las paredes eran de roca maciza, y, sin duda alguna, un humano corriente no habría podido avistar nada a más de diez pies de distancia. Me percaté de que había un cuenco con comida sobre una mesita cercana a la cama, y me lo comí como si no hubiera tenido nada que llevarme a la boca desde que me dieron en la cabeza con la rama. Mientras engullía sin apenas respirar, un hombre entró en la estancia con una antorcha. No era muy corpulento (mas bien enclenque), pero de el emanaba una terrible sensación. Sentía que era capaz de todo y que yo era como un triste ratón al lado del más poderoso de los dragones. Entonces me habló, no se si oralmente o por otros medios, porque de su rostro solo se distinguían sus fríos ojos, y no aprecié el mas mínimo movimiento de su cuerpo. “Bienvenido a la Academia de la Desolación. Te esperaba, Haindall EarthCry”, me dijo, y eso fue lo que más me sorprendió, puesto que yo no conocía mi apellido, sólo lo sabía mi padre, y nadie mas debía saberlo. Al instante me respondió que el sabía lo necesario de cada uno de los llegados a su escuela.
La Academia de la Desolación era y, por lo visto, es, el lugar donde se conservan y se aprenden la mayoría de los conocimientos de la nigromancia arcana. Se trata de un lugar secreto, cuyo paradero muy pocos conocen, y extremadamente difícil de encontrar. Se cuenta que la Academia Oscura acoge a todo aquel que es capaz de encontrarla, pero rechazar sus enseñanzas, o no ser apto para el uso de la magia, y conocer su paradero conlleva la muerte. Me mantuve en silencio, preguntándome como demonios sabía tanto de mí y que era eso de que me esperaba, a parte de otro montón de preguntas menos irrelevantes. Entonces me respondió. Se presentó como Denial SoulSkip. Era un auténtico nigromante, y un alto cargo de la Academia. Era humano, y tenía algo que proponerme. Me dijo que quería que estudiara en la Academia, que aprendiera los infinitos conocimientos que ésta podía proporcionarme. Además, aunque no hizo muy hincapié, dijo que había sentido algo en mi interior, algo poderoso que permanecía latente en mi cuerpo, algo que, si despertaba, allí podría aprender a controlar. Yo acepté.
Empecé mis andaduras como aprendiz de mago aprendiendo la lengua arcana y los conjuros más básicos. Me alojaba en la misma estancia donde me hallé en mi llegada, aunque nunca volví a ver al maestro SoulSkip. En los seis años que estuve en la academia, aprendí todo lo básico acerca de la magia y los conjuros, auque carecía de poder para realizar muchos de ellos. En las largas noches de sueño corto y poco profundo que pasé en la Academia, aún así, despertaron en mi mente extraños sueños. En estos me veía volando a gran velocidad por los cielos gracias a unas enormes alas membranosas, poseyendo un enorme cuerpo cubierto de escamas doradas, con un aliento llameante. Esos sueños cada vez se volvieron más frecuentes, y lo peor era que, cuando despertaba, la temperatura de mi cuerpo había aumentado por encima de límites prácticamente inhumanos; aunque dicha temperatura comenzaba a descender instantáneamente en cuanto abría los ojos de vuelta a la realidad.
Un día, al poco tiempo de cumplir los 16 años de edad, volví a ver de nuevo a SoulSkip. Vino a verme con cara de pocos amigos a la biblioteca de la escuela, y me dijo que quería hablar conmigo en privado. Dijo que ya había esperado lo suficiente, y que debía abandonar la escuela; me contó que eso que había de despertar en mi interior era la herencia sanguínea de un dragón, dorado por lo que había podido leer en mi mente. Dijo que una clase de poder como el de un dragón, cuando es desatado, se siente al instante. Y confesó que ya debía de haber despertado en mi padre, cuando él provocó el extraño cambio climático que afecto a la aldea y sus alrededores, y aún con más motivo al causar la enfermedad en la población. Al no hacerlo, fui yo el único en sobrevivir. Dijo que la sangre dracónica permanecía en mi, latente, esperando a ser despertada. También comentó que había habido avances en los últimos días, que ese era el motivo de mis extraños sueños y mi fuego interno, pero que no había sido suficiente.
Agotado de tanta mala noticia de golpe, le pregunte que como tuvo valor para llevarme con él, a lo que respondió que no albergaba esperanza alguna respecto a la supervivencia de uno de los últimos herederos de dragón dorado, pero entonces, un día, mientras regresaba de contemplar los desperfectos de la masacre que habían causado él y sus subordinados, vio algo en un bosque cercano. Un niño de apenas cinco años de edad prendió un árbol sin saberlo, matando sin querer a un hombre. Entonces, dijo “Supe que esa sería mi última oportunidad de poder contemplar a la mezcla entre humano y dragón, una oportunidad que muy pocos desaprovecharían”. Rompí a llorar: por culpa de su egoísmo yo no tenía familia, ni pueblo, ni nada. Sólo tenía la pobre magia que había aprendido a realizar. Ese día decidí abandonar la Academia de la Desolación. Al partir, SoulSkip sólo me dijo que si alguna vez despertaba a mi verdadero yo, él estaba dispuesto a enseñarme todo lo que conocía de las artes nigrománticas. Según me dijo, fue él quien se ocupó de mí desde mi llegada, aunque nunca abiertamente; el se hizo cargo de las cuotas de ingreso, y se ocupó de evitarme tareas que aún era demasiado joven para realizar. Le pregunté que como supo de la herencia sanguínea de los de mi familia, y, tras rebuscar en su túnica azabache, extrajo de ella un pequeño manuscrito, en cuya esquina inferior derecha estaba grabada la silueta de un dragón dorado en pleno vuelo. El pergamino contenía un pequeño relato sin título, que decía así:
Después, de una noche que nunca olvidaría, partí, y ella nunca volvimos a vernos. Cuando la dama elfa estuvo demasiado lejos para poder distinguirlo, extendí mis doradas alas, recuperando mi verdadero aspecto, y me fui para nunca más volver. Con mis cerca de 900 años he cometido el primer error de este tipo en los de mi estirpe, pero no me arrepiento de ello. Las razas humana y elfa son increíblemente fascinantes. Últimamente, bueno, en los últimos 150 años, he decidido adoptar forma élfica, en vez de humana, que suelen preferir los de mi especie.
Pero algo imprevisto ha sucedido en mi vida, y es que una mujer elfa llamada Natessen hizo presa de mí y así alteré ligeramente el estricto orden de crianza por el que se rige mi estirpe. Fruto de esa inolvidable noche nacerá un pequeño elfo, que quizás nunca llegará a saber que una pequeña parte de sí mismo es herencia de una de las criaturas más poderosas que jamás habitarán el mundo: un dragón. Ésta minúscula herencia probablemente se pierda con el tiempo, o quizás no…. Aún así, estoy seguro de que mi herencia permanecerá latente en cada primogénito varón, pero despertará.
Dejo esto escrito a un buen amigo mío. Es nigromante, pero es de fiar. Éste documento se trasmitirá entre poseedores de un alto cargo concreto de la Academia de la Desolación, cargo que de momento ostenta Walter HellSing, el amigo que mencioné. Si esta información es filtrada a alguien a quien no deba ser comunicada bajo ningún concepto, el poseedor de dicho cargo sufrirá mi ira o la de mis descendientes. Los miembros de la Academia Oscura no deben temer por la suerte de mi descendiente: Una vez le sea comunicada su ascendencia, y alcance su plena madurez dracónica, el mismo hallará el modo de encontrarme, si es que así lo desea.
Kealtrissen EarthCry, Dragón Áureo
Una vez hube acabado de leer el pergamino, lo guardé en mi túnica y Denial SoulSkip prosiguió con su historia. Me dijo que HellSing fue un antepasado suyo, siete generaciones atrás. Aunque fue hace muchos años, era muy probable que el causante de mis ardores todavía siguiera vivo. Yo seguía cavilando y reflexionando sobre mí la nueva parte de mi identidad que poseía, pero aún así, me negaba a creerlo. Yo partí, iracundo, cuando el me dijo que si cuando despertara mi naturaleza real, deseaba volver, él me enseñaría personalmente todos los secretos de la nigromancia. Me volví y le di una respuesta: “Cuando despierte mi parte dracónica, y alcance su dominio, volveré. Pero debéis saber que si me enseñáis vuestros conocimientos, al concluir mi adiestramiento como nigromante os mataré”. De nuevo me volví y seguí el sendero que me alejaba del pantano, sin destino alguno fijado en mi mente.
Me dediqué a vagar por el país, ayudando a la gente que me necesitaba siempre que después pudieran remunerar mis servicios de algún modo. Pocas veces era con dinero en efectivo: solían darme algo de comer o alojamiento. Si no tenían nada que ofrecerme, les deseaba mucha suerte y partía. Gracias a los nigromantes aprendí a luchar sólo por mis intereses, y a ignorar a los demás a no ser que con ello me ayudara a mí mismo. Por eso empecé a internarme por caminos que se creen bajos y viles para los magos: los de la hechicería. Un día llegue a un pequeño pueblo llamado Humlet, y poco después de haber dejado a mi corcel ligero en la posada, fui emboscado en un callejón y hecho preso. Pero eso ya es otra historia que más adelante ya habrá tiempo de contar.
Lo que yo no sabía era el fruto que daría ese pequeño adentramiento en el mundo de la hechicería, porque algo en mi interior estaba a punto de despertar…
|