Escaramuzas en Kitur

Zarak 5 de Morn del 454 P.A

Comenzaba a amanecer. Escudos, yelmos, espadas, cimitarras y cuerpos y más cuerpos, aparecían esparcidos en las calles de Kitur.

La batalla había sido dura, más que eso, la noche dio paso al día entre escaramuzas y cuchilladas por doquier. La ciudad entera parecía un emplazamiento militar. Soldados de razas diversas entraban en tiendas de oficiales para luego salir a alguna misión; rudos, serios y de mirada penetrante, marchaban con paso firme a su destino, sin saber con certeza si volverían vivos de tales encomendaciones.

Herger, Niedelassar, Miskara, Amedio y Garmio, observaban el espectáculo sentados en el suelo de la calle, junto a otros heridos al lado de la posada el ojo del contemplador. También para ellos fue una noche movida, protegiendo su improvisada posición de invasores de todo tipo que intentaban entrar en la posada; bien por la puerta principal o bien por el portal que se había abierto en la retaguardia de Trokam Ark Urk, Bardo Medio orco, que no pudo acabar la actuación para la desgracia del minotauro que lo interrumpió, pagando cara su osadía.

Decir que la batalla fue bien sería mentir, pero decir justamente lo contrario también lo sería; si no dígame ustedes como se determina una batalla antes, durante y después sin saber que ocurre exactamente; sin saber quien es quien, quien es aliado, quien es enemigo; si bien tengo que confesar que incluso sabiendo quien esta de tu parte y quien en la opuesta, muchas veces, por no decir todas, me he preguntado que demonios hacía allí y para quien servia en realidad. Lo bueno de los años, la experiencia y las cicatrices, es que a menudo te preguntas estas cosas y te respondes con más preguntas, llevándote a una respuesta nada cómoda para alguien con dos dedos de frente. A menudo, y en muchas ocasiones, he sentido envidia de camaradas soldados con menos conocimiento de esta vida que un champiñón, que lo único que hacían era obedecer; pero yo, con muchos golpes y carreras hechas, eso de obedecer por obedecer... creo que no es, ni será lo mío.

Aparentemente se había ganado, o mejor dicho defendido la posición, pero no tardaron nuestros héroes en averiguar lo equivocados que estaban.
El descanso no duró mucho. Un hombre se presentó ante ellos. Se trataba de Darkuam, conocido de nuestros héroes cuando llegaron a Kitur. De aspecto cansado y sucio, se podía decir que a él no le había ido mejor. La vestimenta azul marino,  antes limpia e inmaculada, estaba desgarrada a la altura del pecho y teñida de manchas púrpuras. Se sentó al lado de nuestros héroes, de Amedio para ser exactos, estiró las largas y cansadas piernas, sacó una pipa y un puñado de tabaco y dijo:

- me alegro de verlos con vida - después de asentir algunos de los asistentes prendió el tabaco, dio unas caladas y se lo pasó a Amedio.- tengo un mensaje de mi superior, el general Slake. Me ha confiado la contratación de gente competente y con ganas de ganar dinero...

- a costa de nuestra vida - interrumpió Amedio, más diciéndolo para si mismo que contestando a Darkuam.

- puede... la vida tiene un principio, y un fin. Una de las pocas libertades que tenemos es elegir como queremos morir, aunque ese es el punto de vista de un soldado.

- así que los buscadores de Kitur sois soldados - dijo Niedelassar.

- no exactamente. Nuestro deber es buscar y constatar la autenticidad de los relatos narrados en la gran biblioteca. Es cierto que debemos conocer de defensa, pero es imprescindibles ciertos requisitos: como saber leer y escribir, uno o varios idiomas, interpretar un mapa, orientarse en un desierto o en cualquier llanura, etc. En mi caso sí, fui soldado, pero lo dejé por cosas que no vienen al caso.

Se quedaron en silencio mientras veían pasar una columna de enanos literalmente acorazados en acero. Portaban hachas de batalla, picos y martillos, acompañados de escudos  gruesos de madera o acero, adornados con heráldicas familiares, ancestros que guerrearon en un sinfín de territorios portando con orgullo la bandera de su clan.

- ¿de que se trata? - dijo Amedio sin apartar la vista de la calle.

- una misión de limpieza. Será mejor que os lleve a ver al general.

Lentamente se levantaron y recogieron sus pertenencias. En silencio avanzaron entre los soldados, aldeanos y curiosos que caminaban o trabajaban para retirar los cuerpos de los caídos.

Una oferta difícil rechazar
 
Piedra-sólida, así llamaban los lugareños a uno de los tres cuarteles, el más importante, de Kitur. El emplazamiento, de tres plantas de altura, albergaba la base de operaciones de los tres ejércitos. Al llegar hicieron pasar al grupo al interior del cuartel, pasando por un amplio patio repleto de tiendas de campaña, hasta llegar a una habitación con una mesa en medio y un solo asiento, en el cual estaba sentado un humano que escudriñaba unos papeles. No eran los únicos de la estancia; otro grupo estaba alojado a unos metros de la mesa, sumidos en sus propios pensamientos: un humano vestido de una túnica roja, zurrón marrón cruzado en el pecho y una medio-orco, vestida con una túnica de luchador de colores claros; los demás eran soldados humanos de la milicia de Kitur.

No pasaron ni cinco minutos cuando entró, dando un portazo, un humano. De estatura media y de constitución recia, se dirigió a la mesa donde estaba el sorprendido lector el cual, debido a la enérgica entrada, tiro los informes que miraba por los aires, recogiéndolos disimuladamente intentando aparentar tranquilidad.

Tras intercambiar unas palabras con el escriba, el fornido guerrero, armado con una gran espada semi curva, se giró cara a los presentes. Tendría unos treinta años, de rostro curtido por mil batallas y ojos fieros como un tigre salvaje libre, sin dueño o señor.

- bien, esta es la situación - dijo Slake, General de Kitur,- tenemos dificultades para limpiar Kitur de los restos de enemigos que se han atrincherado en las mismas casas de la ciudad. No disponemos de suficientes efectivos para llevarla a cabo. Ahí entráis vosotros, quiero que limpiéis cada casa que esté invadida. Se os compensará con una generosa suma de dinero, pero nada de destruir bienes ajenos, ya es bastante duro para las gentes de esta ciudad contemplar un panorama tan dantesco. Si me entero de que quemáis una sola casa, serviréis de leños para el fuego. Queda todo claro.

Ante tal discurso los espectadores se limitaron a encogerse de hombros y esperar. Cuando parecía que las órdenes habían acabado, Slake se detuvo a medio camino de la puerta y dijo:

- ah si. Os acompañan tres soldados de la guardia Kituriana. ¿No pensaréis en conseguir ganancias extras verdad?

La mirada de Slake atravesó a los demás. Tras el enérgico cuerpo del humano, se escondía un curtido luchador. Su cuerpo parecía esculpido en roca, tallado en trazos perfectos interrumpidos por cicatrices antiguas; muchas de ellas alojadas en lugares que a otros les hubiera supuesto la muerte.

Despedidas, flechas, magia y fuego

 

Todos estaban fuera del cuartel, aunque dentro del complejo amurallado. El adelanto de parte del dinero de la misión alegró a los héroes, pero no todo fue así. Herger y Garmio se despidieron del grupo ya que habían conseguido plaza como mercenarios para combatir al enemigo que se había replegado en el norte y, según las últimas informaciones, estaban preparando otra ofensiva. Con lágrimas en los ojos se despidieron aquellos amigos que habían escapado de un cruel destino. Lo que no sabían es que sus caminos se volverían a encontrar, en una tierra lejana y misteriosa.

El grupo avanzaba en firme. La inspección de las casas abandonadas era infructuosa. No descubrieron enemigo alguno, al menos con vida.
Amedio avanzaba despacio ascendiendo por la cuesta del paseo Selian, sumido en sus propios pensamientos. Niedelassar iba a su lado conversando con Miskara  sobre el oscuro pasado de la picara y su odio a los sacerdotes, profesión de Niedelassar. Se unieron a la charla Nurga, la medio-orco; Edros, el humano con túnica y Darkuam que había establecido un fuerte afecto con todos los presentes. En la retaguardia, cerrando el grupo, dos soldados a las órdenes de Darkuam, portando lanzas largas, adargas y ballestas ligeras.

El azar a veces puede ser cruel. Un virote silbó en el aire hasta impactar contra el peto de Darkuam. Como si de un resorte mágico se tratase, la compañía por entera se situó a los francos de la calle, situándose bajo la cobertura de casas y salientes. Nurga agarró a Darkuam sacándole de la trayectoria de las saetas enemigas que volvían a silbar clavándose con horrible precisión en suelo, paredes y escudos. Desde una casa, situada a cien pies, se ubicaba el ataque enemigo, para se exactos en el segundo piso, había movimiento y en las ventanas podía verse a los tiradores.

- debemos entrar - dijo Amedio desenfundando el hacha a dos manos. Niedelassar pasó rauda de un extremo de la calle hacia el herido, el cual tuvieron que contenerlo para no salir fuera de la improvisada cobertura; increpando y maldiciendo cada uno de los antepasados de su atacante.

Miskara, dando un rodeo, comenzó a trepar por la pared Este de la casa que albergaba enemigos, mientras Nurga y Amedio avanzaban hacia la casa esquivando virotes y flechas, las cuales no llegaron a sus objetivos. Los dos soldados impusieron su superioridad en ataques a distancia manteniendo a raya a los atacantes. Fue entonces cuando Edros caminó hasta situarse en medio de la calle; alargando la mano pronunció unas palabras arcanas que, para sorpresa de los enemigos que asistieron al espectáculo, hicieron cinco copias de Edros, todas ellas con una sonrisa jocosa en el rostro.

Niedelassar, aprovechando el ardid, corrió hasta Amedio y Nurga que ya estaban en un ventanal próximo a la entrada de la casa. Nurga, con una increíble pirueta, entró en la planta baja dejando la puerta abierta para los demás. El comedor estaba vacío, dos puertas cerradas y unas escaleras en el centro de la estancia era lo único que se veía. Niedelassar corrió hasta la puerta en el extremo Oeste y mientras Amedio se ocupaba  de la puerta Este Nurga se ocupó de la escalera central. El descubrimiento dejó asombrada a Niedelassar, unos niños de entre ocho y cinco años estaban atados de pies y manos, presentaban golpes, magulladuras y tenían tapada la boca con trapos. Amedio volvió al no encontrar nada en su registro. Al ver a los niños, éste aferró el mango del hacha con tal fuerza que sus manos se volvieron blancas.

- tranquilos - dijo Niedelassar en tono suave, - estamos aquí para ayudar.

Por la puerta entró Darkuam portando una espada corta, a primera vista de buena manufactura, y un escudo grande de madera.

- Darkuam, que tus hombres se ocupen de la protección de estos críos... Nosotros tenemos que ocuparnos de limpiar la planta de arriba - dijo Amedio mientras miraba las escaleras donde Nurga intentaba espiar.

- de acuerdo, yo me haré cargo, pero mis dos camaradas se quedaran con vosotros - replicó Darkuam enfundado arma y escudo y cogiendo a los dos infantes entre los brazos. Pero uno de ellos al quitarse la venda dijo:

- mi hermanita esta arriba con ellos.

Los asistentes se quedaron petrificados. Esto lo haría más difícil. Si uno de esos bastardos se veía acorralado podría sacar tajada de la niña.

Amedio y Niedelassar se reunieron con Nurga:

- esto no será fácil - dijo la semi-orco indicando con la cabeza al hueco de la planta superior.

En cuanto Amedio asomó la cabeza logró esconderla antes que un virote le perforara la cara.

- lo tenemos muy difícil,- dijo mientras se quitaba una astilla que se alojo en el pómulo. - al menos he podido ver a tres, están parapetados tras una mesa volcada... Necesitamos una distracción.

Como si se tratase de un deseo concedido por algún capricho divino, la distracción se produjo con el estruendo de unos cristales y un golpe seco en el suelo. Amedio y Nurga corrieron el pequeño trecho que les separaba de la planta superior, una saeta pasó cerca de Timefroster mientras este esgrimía la gran hacha lanzando un grito de combate. Nurga lanzaba proyectiles en forma de estrella mientras volteaba de un lado a otro esquivando los mortales ataques a distancia del enemigo; Niedelassar asomó por el hueco de la escalera liberando una flecha que se alojó en el hombro de uno de los tres grandes trasgos cubiertos por la mesa volcada.

La estancia era un nido de enemigos, la mayoría heridos, refugiados de la batalla que aconteció la noche anterior. Fue entonces cuando descubrieron el origen de la distracción. Miskara yacía sobre un orco, ambos contrincantes mantenían una melé un el suelo lleno de cristales esparcidos por doquier. Un cuarto aliado entró por la ventana; un halcón se lanzó contra un orco que se situaba en el ventanal al Oeste de la casa. Amedio cargó con furia hacia los tres grandes trasgos embistiendo la mesa que utilizaban de cobertura; tal fue la fuerza del explorador que empotró a los tres contrincantes contra la pared. El impacto fue acompañado con el ruido de huesos rotos, sobretodo del cráneo de gran trasgo situado en el centro que cayó fulminado al suelo mientras los otros dos empujaban para liberarse a la desesperada presa.

Miskara logró escaparse de su contrincante golpeando repetidas veces con el estribo de la ballesta al cuello del orco, dejando este las uñas marcadas en la cara de la elfa. El halcón derribó a su enemigo picoteando la cara hasta dejarlo ciego, precipitándose éste por el hueco de la ventana en un intento vano por huir de la halada criatura.
Nurga saltó en el aire dirección al gran trasgo situado a la derecha de Amedio retenido con su compañero entre pared y mesa, propinándole una soberbia patada voladora en la boca, dejándolo fuera de combate. El tercer gran trasgo, el mismo que Niedelassar había herido en el hombro, consiguió escaparse de la presa franqueando a Amedio por su izquierda hiriéndolo en el brazo. Timefroster esgrimió la gran hacha matando al enemigo que cayó fulminado sin tiempo de decir un ay.

- ¡vaya! Una moressztia massz.

La voz, sibilante como una flecha envenenada, resonó por toda la habitación. A un rincón de la estancia dos figuras permanecían en pie; una, vestida con una túnica de color púrpura, sujetaba un bulto que se movía enérgicamente; el otro, un gran trasgo con los ojos abiertos de par en par tras ver el espectáculo, esgrimía una cimitarra en su diestra y un escudo de madera redondo en la zurda. La entrada en escena de Edros y de los dos soldados de Darkuam inclinó aun más la balanza a favor de los aliados.

- no tenéis salida, al menos con vida. - dijo Nurga mientras recogía una de las estrellas incrustada en la mesa.

Una cruel risa salió del misterioso enemigo que, aun llevando la túnica cubriendo casi por completo la cabeza, podía verse un rostro semejante al de los reptiles.

- no esszteissz tan ssegura mi sseñora, no todo ess lo que parece... Brizssmar¡¡¡.

Tras el último grito, el gran trasgo se abalanzó contra Amedio lanzando gritos y estocadas como un poseso; distracción que aprovechó el túnica púrpura para introducirse tras  una puerta que hasta ahora había pasado desapercibida para nuestros héroes. Niedelassar, que había permanecido oculta tras la pared de las escaleras, asomó como un rayo con el arco cargado; el disparo se incrustó en una de las rodillas, crujiendo y lanzando al atacante contra el suelo de cabeza a los pies de Miskara la cual remató la tarea con un puñal garbado oculto en una bota.

Amedio avanzó hasta la puerta, un extraño color verdoso surgió por todos los huecos y oberturas. El grupo tomó posiciones a los lados, Amedio fue el encargado de abrir la puerta. Cuando lo hizo la sorpresa fue mayúscula. En el lugar, anteriormente un dormitorio, un vértice succionaba todo objeto a su interior.

- debemos entrar. - dijo Niedelassar ajustándose el equipo.

- ni lo sueñes, - dijo Miskara limpiando la daga e introduciéndolo de nuevo en la bota - no me meteré en un remolino mágico, maligno o lo que sea...

Uno de los soldados, un hombre joven, intervino en la discusión:

- Darkuam nos ha pedido que os sirvamos en todo lo necesario. Os seguiremos a donde sea.

- bien, pues no se hable más, quien quiera que venga y sino que se quede. -dijo Amedio mientras envainaba el hacha.

Dicho esto Niedelassar, Amedio, Nurga, Edros y los dos soldados entraron en el vértice sin saber que les esperaba en el otro lado... Miskara se quedó en la estancia contemplando los cuerpos de los enemigos caídos.

Encuentros inesperados

El calor era sofocante, hasta el punto de lo sobrehumano. El paisaje no era mejor, un terreno desértico alejado de cualquier lugar civilizado, aunque en verdad no sabían donde estaban.

Amedio palpó el terreno con  cuidado, examinando el rastro dejado por su presa.

- o es muy estúpido y descuidado o es de lo  más inteligente y astuto. - dijo Amedio, levantándose tras secarse el sudor que corría por la frente. - nos está llevando a donde el quiere... hasta un niño seguiría este rastro.

La pista serpenteaba por una loma de piedras y arbustos secos hasta llegar a una garganta natural a unos seis cientos pies del largo y cincuenta de altura. El camino descendía abruptamente perdiéndose de vista,  aunque resbaladizo, era transitable gracias a la estrechez de la garganta, de cuatro o cinco pies de ancha, pudiendo agarrarse a los lados de la pared y descender sin peligro. Cuando todos llegaron abajo vieron una cueva. La entrada, de veinte pies de alto por ocho de ancho, era tan oscura como el lomo de un dragón negro.

- el rastro llega aquí. Tenemos que ir con sumo cuidado. - dijo Amedio empuñando el hacha.

Los demás imitaron al explorador. Nurga encendió la antorcha que Niedelassar le había dado, aunque los ojos de un semi-orco o un elfo podían orientarse en la penumbra, eran completamente inútiles en la oscuridad total.

Avanzaron en formación: Timefroster en frente con el hacha desenfundada y con la antorcha apuntando al suelo en busca de nuevos rastros; Niedelassar tras él acompañada de uno de los soldados, equipado con espada larga y escudo de roble; Nurga, portando la antorcha acompañada de Edros, el cual había dejado libre al halcón por la zona; cerrando la marcha otro soldado con antorcha en mano y escudo de roble.

La cueva parecía muy antigua y deshabitada, las paredes habían sido escavadas en piedra viva; lo que la compañía desconocía es que se tardó más de cincuenta años en terminarla, aunque pequeña, la cueva de Larssmig fue levantada en honor a un temible destructor... Pero eso es algo que más adelante se verá.

El camino se bifurcó en ángulos de cuarenta y cinco grados cada uno. Por fortuna el rastro era lo suficientemente fresco, ya que de lo contrario habrían tardado mucho tiempo en encontrar lo que custodiaba el templo. Templo es la palabra exacta, ya que el rastreo les llevó a una gran sala con cúpula de dimensiones gargantuescas. Las columnas, de nueve pies de diámetro, se fundían en la piedra para crear arcos unidos entre si. En el centro un altar negro se alzaba un metro del suelo por cinco escalones de color rojo sangre. Al lado del altar la figura sostenía a la niña de apenas un año de vida; la capucha de la túnica dejaba al descubierto una cabeza puntiforme sin vello alguno, con escamas verdes y ojos rasgados; la lengua, larga y bifida, silbaba palabras inaudibles. Cuando miró a los recién llegados, una horrible sonrisa se dibujo en su verde piel.

- sssi, ya era hora.

- la niña no tiene nada que ver con esto, déjala ir. -dijo Edros con el bastón apoyado en el suelo.

- sss la niña... La niña esss ssolo un ssseñuero. - la voz del hombre serpiente resonó por las paredes de la cueva con molesto sonido.

De las entrañas de algún lugar se oyó un rugido que heló a todos los presentes. De la pared norte surgió una criatura enorme con forma de dragón a cuatro patas, pero con siete cabezas. Los catorce ojos se centraron en nuestros héroes, los cuales retrocedieron un paso tomando posiciones a los lados de la entrada.

- no hay cuartel, misss jovenes victimasss. Brezsss morh dalozss¡¡¡.

La bestia avanzaba hacia el grupo lanzando dentelladas amenazantes. Amedio cargó hacia la hidra junto los dos soldados a ambos francos; Niedelassar esgrimía una espada larga, mas con la zurda el símbolo de Corellon Larethian brillaba mientras la elfa entonaba un conjuro de protección para la compañía; Nurga corría por el Este de la sala para atacar por la retaguardia de la bestia; Edros se mantuvo firme sin perder de vista al hombre serpiente, el cual se reía jocosamente.

La hidra, aparentemente lenta y torpe, resurtó ser más rápida que Timefroster, lanzando un golpe con la cabeza al tórax del explorador, impulsándolo por los aires quince pies hasta empotrarse contra la columna de alabastro.

Niedelassar cargó contra el hombre  serpiente. Éste, alargó la escamosa mano hacia la elfa, entonando un cántico arcano del cual surgió unas lanzas de hielo sobrevolando el brazo reptiliano. Con una mueca de satisfacción, el hechicero lanzó las heladas lanzas contra Niedelassar y apunto estuvieron de atravesarla de no ser por la rápida intervención de Edros; un guerrero etéreo se materializó un instante, lo justo para interponer su escudo contra los proyectiles arcanos, los cuales se destruyeron por la protección.

La lucha continuaba, ambos lados resistían sin darse cuartel. La hidra se cobró su primera victima, uno de los soldados, el más veterano de los dos, cayó presa de un mortal golpe por dos cabezas del reptil; su compañero vengó a su camarada sesgando tres de la siete. Nurga acabó con otras dos con los puños, que a la práctica, por tamaño y dureza, parecían mazas de acero. Amedio cargó el arco, lanzando una flecha que tumbó a la bestia el pétreo suelo. Niedelassar peleaba con el reptiliano, el cual ya no sonreía por las feroces estocadas de la elfa. La niña yacía en el suelo; aunque ilesa, había sufrido un fuerte chichón debido a la pronta improvisación del hombre lagarto, el cual la dejó caer para sacar una cimitarra escondida en la larga túnica.
Los aceros chocaron con fuerza, mas la destreza del reptiliano con la cimitarra era muy superior a la elfa. Pronto llegó la ayuda de los demás; el soldado humano cargó con fuerza con el escudo alzado a modo de ariete, pero la rápida reacción del enemigo contraatacó, realizando un barrido enérgico que lo tumbó en el suelo; Nurga se metió en la pelea mas mantuvo las distancias por el sutil manejo del acero enemigo. Todo se mantuvo en tablas hasta la llegada inesperada de Miskara; manteniéndose en todo momento al margen, se había ocultado en las sombras esperando pacientemente alcanzar la espalda del misterioso enemigo. Le asestó una puñalada certera, dejándolo malherido. El hombre lagarto se tambaleó hasta caer al suelo, golpeando con la cabeza al altar de piedra.

- ¿creía que no te interesaba la niña? - dijo Niedelassar que no pudo disimular la sorpresa de ver a Miskara allí.

- bueno... Me gusta más lo que puedo encontrar de valor.

Niedelassar recogió con cuidado a la niña tapándola con su capa mientras entonaba una suave canción elfica, similares a las nanas humanas.

El hombre lagarto yacía en el  suelo. Su sangre, del mismo color que su desgarrada túnica, caía por los escalones del templo, pero algo llamó la atención de la compañía. Al caer el reptiliano había golpeado el altar moviendo levemente la parte superior; no tardaron en averiguar que en su interior albergaba algo. Movieron la pesada tapa encontrando algo desconcertante. En su interior, cubierto de una gélida y espesa bruma, había un hombre con una daga en forma de dragón clavada en el pecho, pero lo más sorprendente es que el extraño humano estaba vivo, con los ojos abiertos y la respiración tranquila, aunque sin voluntad sobre su cuerpo. Intentaron sacar la daga hundida en el cuerpo, pero ésta, cobrando vida, intentaba morder a quien osase tocarla. Después de unos intentos fallidos, lanzaron una soga al mango de la daga, tirando con fuerza lograron sacarla; volviéndose de hierro a madera.

El joven despertó, al principio somnoliento, con palidez mortal en el rostro, pero fue adquiriendo color paulatinamente hasta recobrar el color normal.

- gracias, pero donde estoy... Como he llegado aquí... - Haindall Earthcry preguntaba a los presentes, pero no tenían respuestas, ni siquiera a lo que hallaron en la túnica del hombre serpiente.

Una daga de plata, muy larga y delgada, se ocultaba entre los pliegues. A simple vista parecía una daga ceremonial, ''para realizar sacrificios tal vez'', apunto Edros mirando de reojo a la pequeña dormida entre los brazos de  Niedelassar. Pero lo sorprendente vino después; la funda, de cuero negro y empapada en sangre, tenía runas que Edros identificó como necrománticas. Parecía más un receptáculo para mantener la daga aislada de cualquier contacto físico, que para emplearla en cualquier menester diabólico.

Amedio decidió cogerla, experimentando una sensación de paz y armonía que le duró hasta volver a Kitur y entregarla a Pëndes a cambio de una buena suma de dinero. Según el señor de la gran biblioteca esta daga era muy antigua y albergaba un poder abrumador, celestial.

La ciudad de Kitur recobraba lentamente la normalidad. Edros y Nurga se despidieron del resto después de celebrar el feliz desenlace desde que, tanto un grupo como para otro, llegaron a la ciudad. Pero unas dudas flotaban en el aire ¿a quien buscaba el reptiliano con tal objeto de poder?¿por qué arriesgarse en entrar una batalla en una gran ciudad?

Preguntas sin respuestas.

 

Fin del tercer capítulo

 

 

 

 

 

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